Contrabando.

Productos de contrabando.

Con el miedo en el cuerpo Sonia se fue vistiendo con su equipamiento deportivo para salir a hacer sus ejercicios de carrera diarios. Se uniformó con una malla negra ajustada, zapatillas blancas y rojas último modelo con suela antideslizante, calcetines altos deportivos blancos hasta las rodillas, peto rojo transpirable que le cubría el torso y los brazos para acabar con una sudadera negra impermeable de cuello alto con gorro. Estaba perfectamente equipada para iniciar su entrenamiento. Sonia salió de su habitación temblando dirigiéndose a la sala. Allí estaba su marido, Antonio, y sus dos hijos, Lorena y Javier. Antonio se encontraba sentado en la butaca muy nervioso fumando compulsivamente. Los niños ajenos a lo que ocurría con sus padres estaban con sus juguetes alternando sus juegos y la televisión. Antonio tenia la cara asustada con los ojos abiertos de par en par.
-¿Lo llevas todo? -preguntó Antonio angustiado-. Déjame ver que no se te olvide nada.
Antonio poniéndose de pies lo comprobó todo.
-El dinero, la mochila escondida en la espalda, la dirección – resopló Antonio-. Bueno parece que lo tienes todo, espero que todo vaya bien y regreses pronto.
Antonio miró a Sonia, su esposa, con los ojos humedecidos. Se besaron, y Sonia se despidió de sus dos hijos dándoles un sonoro beso a cada uno, al fin y al cabo lo que iba a hacer lo iba a hacer por ellos. Sonia se colocó el gorro de la sudadera en la cabeza, y se dirigió a la salida de la casa acompañada de su marido. Sin decir una sola palabra salió a la carrera, Antonio cerró la puerta tras ella, y se echó a llorar lleno de angustia.

Sonia empezó a correr un poco al trote por el pequeño jardín hasta que en pocos segundos atravesó la cancela de la verja cogiendo el camino del bulevar. Al salir a la calle encendió su cronómetro de muñeca cómo hacía cada vez que salía a correr, y aceleró el ritmo. A pesar de ser mediodía negros nubarrones tapaban el cielo de la ciudad obscureciendo la luz que llegaba, caía una lluvia fina e incesante. El aire era de un frio glacial que cortaba la piel, pero eso no le importaba demasiado a Sonia. Ella nunca faltaba a sus horas de entrenamiento fuese el día que fuese e hiciese el tiempo que hiciese. No llevaba cascos ni auriculares que le animasen la carrera con una agradable melodía, no le gustaba, necesitaba el ruido de la calle, y ese día necesitaba la máxima concentración. Sin el más mínimo esfuerzo se deslizaba por aceras mojadas, pisaba con firmeza charcos de agua que se formaban por la lluvia que caía del cielo. La cadencia de sus pisadas era rítmica al igual que su respiración.
-Tap.. Tap.. Tap.. Tap.. Tap.. -escuchaba sus pisadas en el suelo.
Atravesaba la calzada con paso firme y a la carrera casi sin fijarse si venia algún vehículo, las manos cerradas para no tenerlas heladas. Aún así sus pensamientos estaban con sus hijos, recordaba constantemente que lo que estaba a punto de hacer era por ellos, aunque estuviese duramente penado por la Ley. Un coche al pasar a su lado le dio un bocinazo sacándola de sus pensamientos, se sobresaltó por el ruido, y observó al conductor, era su vecina. Levantó la mano a modo de saludo, y siguió adelante. Sentía como el corazón le salia por la garganta.
Siempre salía a correr los mismo días a las mismas horas por las mismas zonas, el barrio residencial donde ella vivía tenia un gran bulevar de varios kilómetros. Transcurría por una zona de bien donde encontrar a una persona corriendo por la calle era algo que no llamaba demasiado la atención. Las casas se asomaban a ambos lados de las aceras, apenas tenía que esquivar a los pocos viandantes que se cruzaban con ella. Nadie la observaba, era algo normal, seguía corriendo sola sin contratiempos. Poco a poco, se fue alejando de la zona residencial para ir entrando a una zona más degradada y abandonada. El bulevar se fue estrechando hasta pasar a ser una calle modesta.
Minutos después alcanzó una rotonda que señalaba, aunque no oficialmente, el límite del barrio. Los límites de la ciudad estaban mucho más alejados, totalmente fuera de sus posibilidades, aunque en esa ocasión fuese lo de menos. A la carrera, miró de soslayo a los carteles que indicaban las distintas direcciones que seguir aunque no los necesitaba. Conocía el camino de sobra.
-Todavía mantienen los carteles a pesar de los años que han pasado -pensó.
Se desvió a la salida de la derecha de la rotonda cogiendo la carretera que llevaba al antiguo polígono industrial.

Ahora ya no pisaba una acera bien embaldosada o una calzada firme, los baches y las brechas en el asfalto eran constantes. Tenía que ir con cuidado para no tropezar y lesionarse, ya nadie cuida de esta carretera que lleva al polígono abandonado hace varios lustros. Al final del camino a lo lejos y en línea recta se podían divisar las edificaciones de lo que en otra época fuese una prospera industria. Poco a poco, paso a paso, iba acercándose a su destino, y de paso observaba las naves industriales. El aspecto del polígono era absolutamente deplorable, casi todas las naves industriales tenían los mismos problemas. Paredes desconchadas, ventanas con cristales rotos, tejados hundidos, óxido, mugre y suciedad por doquier, a parte de las distintas alimañas como ratas, gatos o perros abandonados qué podían acechar de entre los matorrales que proliferaban en las lindes del terreno, mientras tanto la lluvia arreciaba.
Cuando llegó a la entrada del polígono observó que la barrera de acceso estaba tirada en el suelo con la cabina del guarda totalmente desvencijada. Se fue deteniendo pasito a pasito, y finalmente se paró doblándose un poco para coger bocanadas de aire. Se enderezó estirando el cuello y el resto del cuerpo respirando por la nariz hasta que la respiración se ralentizó. Seguidamente entró andando, y se puso a buscar la nave industrial donde debía de hacer el negocio. Se detuvo enfrente de un cartel roto dónde se hallaba el mapa del polígono con las direcciones en uno de sus laterales. Sacó un papel con la dirección, y la buscó en el lateral del cartel. Deslizó su dedo por el listado que había en el cartel hasta que a duras penas logró encontrar las coordenadas del lugar. El cartel se encontraba ya muy deteriorado, y apenas se distingan las letras. Después miró dichas coordenadas en la cuadrícula del mapa. Le costó bastante situarse tal era el estado del cartel, finalmente se situó, memorizó el lugar, y a paso ligero se dirigió hacía el sitio.

El lugar estaba totalmente abandonado, las gotas de lluvia sonaban por todo el polígono. El silencio era sepulcral tan solo notaba su respiración y el latido del corazón en la cabeza, la angustia y el miedo eran insoportables. Finalmente llegó enfrente de la puerta de acceso de la nave industrial, el cartel de la anterior empresa estaba en el suelo apoyado en la pared totalmente descolorido.
-Editorial de Escritores JOMAGA –leyó-. Aquí es la dirección.
Respiró profundamente, y paso a paso con mucho cuidado con el alma en un puño entró. Una vez dentro se bajó el gorro de la sudadera, y observó el interior. Tuvo que esperar unos segundos para que los ojos se adaptaran a la luz del interior de la nave, estaba oscuro. Cuando los ojos se adaptaron observó que el suelo de la nave estaba perfectamente seco y limpio, las paredes estaban raseadas, y el techo si goteras. La luz entraba tenuamente por unos ventanales que curiosamente tenían cristales. La nave era muy grande y estaba casi vacía, tan solo había un vehículo al fondo que a duras penas podía distinguir, se dirigió justo hacía allí. Ese era el punto de encuentro.
Cuando llevaba andando la mitad del recorrido escuchó un ruido ensordecedor a su espalda. Giró la cabeza, y observó a un hombre enorme armado con un fusil que estaba cerrando manualmente la puerta de acceso. Otro hombre también armado se quedó fuera de la nave vigilando, Sonia se echó las manos al vientre doblándose ligeramente empezando a temblar, se empezó a preguntar en qué clase de lio se había metido. La puerta finalmente se cerró con un gran estruendo sobresaltando a Sonia. El hombre que cerró la puerta echó mano a su fusil, y se colocó en posición de alerta observando a la mujer, tenía cara de pocos amigos. Al mismo tiempo el vehículo del fondo encendió los faros deslumbrando a Sonia, lo que hizo que alzará una mano tapándose los ojos. El vehículo se puso en marcha, y avanzando suavemente fue acercándose a la mujer. Cuándo llegó a unos diez metros de Sonia el vehículo se detuvo manteniendo los focos encendidos. La puerta de la derecha del vehículo se abrió saliendo del interior una mujer rubia de pelo largo y liso de aspecto fornido con cara sonriente, a Sonia le pareció una hermosa mujer. Una vez fuera del vehículo la mujer echó mano al bolsillo derecho de su abrigo que le cubría hasta el tobillo sacando una pistola, a Sonia ya no le parecía tan bella. La mujer se acercó a Sonia sujetando firmemente el arma, y apuntándola hacia el suelo.
-Señorita manténgase en silencio, estese quieta y no haga ningún movimiento extraño – habló la mujer rubia-. Póngase derecha con los brazos abiertos y las piernas separadas, la voy a cachear.
Sonia temblando como una hoja hizo lo que la ordenaban, la mujer rubia con la mano que le quedaba libre empezó a palpar a Sonia. Empezó por el cuello, siguió por lo brazos y el torso, espalda y pecho, continuó por las nalgas y entrepierna para acabar con las dos piernas.
-¡Está limpia! -gritó la mujer rubia -. Relájese señorita, si hace todo lo que la digamos todo saldrá bien y sin contratiempos. Todo ésto lo hacemos por nuestra seguridad, no nos podemos fiar de nadie.
-Todo despejado puedes salir del vehículo -habló en voz alta.

Seguidamente, la puerta del copiloto de la izquierda del vehículo se abrió saliendo otra mujer con una bolsa en su mano izquierda. Esta vez era una mujer hermosa de tez muy morena de aproximadamente metro cincuenta con los ojos azules, aunque Sonia ya no lo viese así. Iba elegantemente vestida con tacones de aguja, andando con mucho garbo y estilo dio los pasos necesarios hasta llegar donde estaba Sonia mirándola con una gran sonrisa.
-¿Ha traído el dinero señorita? -preguntó la morena.
-Sí -respondió Sonia.
Abrió la cremallera de la sudadera intentando demostrar una firmeza que no tenía. Al ver el gesto la mujer rubia agarró con más firmeza el arma si cabe aunque Sonia no observara este hecho, Metió su mano en el bolsillo de la mochila, y sacó todo el dinero en metálico que tenía enseñándolo.
-Qui … qui … quiero ver … la mercan … cía … -exigió Sonia con un hilillo de voz.
Las dos mujeres se miraron y se rieron ligeramente.
-Claro que sí, señorita. Faltaría más -comentó la morena con una gran dulzura en su voz.
La morena abrió la pequeña bolsa que contenía dos paquetes enseñándosela a Sonia. Cogió uno de ellos cediendo el resto de la bolsa a a la rubia. El paquete lo abrió con una tira abre fácil, metió el dedo indice de la mano derecha y con una gran sensualidad se lo llevó a la lengua.
-Polvo blanco de primera calidad – susurró a la cara de Sonia -, docientos cincuenta gramos.
Cerró el paquete con el abre fácil, y se la pasó a la rubia. Mientras, la morena cogía la bolsa que había pasado a la rubia sacando el otro paquete. Realizó el mismo protocolo, pero esta vez el polvo era de color marrón. Se llevó el dedo al paquete, y por sorpresa lo puso en la boca de Sonia.
-¿Qué opinión le merece, señorita? -preguntó la morena-. ¿Le gusta? Es de primera calidad.
Sonia se pasó la lengua por la comisura de los labios probando el producto.
-Sí, está muy rico, … pero es para mis niños -respondió Sonia con cierto tono de suplica.
-Claro, claro. Eso lo decís todos -dijo la morena con cierto tono de sarcasmo.
Cerró el segundo paquete y lo guardó en la misma bolsa con el otro paquete que se lo pasó a la rubia.
-¿Qué? ¿Tenemos trato, señorita? -preguntó la morena.
El buen rollito que traían las mujeres se cortó de improviso sorprendiendo a Sonia.
-De … de acuerdo -respondió Sonia.
Sonia entregó el dinero que llevaba a la morena con la mano temblorosa. La mujer morena agarró el dinero con un zarpazo, y empezó a contarlo. Lo hizo solo como las profesionales saben hacerlo, en cinco segundos lo había contado todo. Se guardó el dinero en uno de los bolsillos del abrigo que llevaba, y con un gesto indicó a la rubia que entregara el paquete a Sonia.
-Disfrútelo señorita, se lleva un auténtico tesoro -habló la morena-. No pierda nada. Por cierto, en la bolsa podrá encontrar ciertas instrucciones de uso por si acaso necesita ayuda para trabajar con el material.
-Gracias, gracias -llegó a decir Sonia.
Se guardó los paquetes dentro de la la sudadera. Cuando Sonia ya estaba preparada extendió la mano a modo de despedida, pero las mujeres la miraron como estatuas sin realizar ningún gesto, Sonia las miró confundida, se dio media vuelta, y andando se dirigió hacía la puerta. Cuando llegó a la puerta no se atrevió a mirar al hombre que la custodiaba, éste empujó la puerta levemente para que pasase un persona. Se asomó mirando a su compañero situado en el exterior de la nave, le avisó mediante un silbido. El compañero, también armado, asintió con la cabeza, y el hombre de la puerta dejó pasar a Sonia. Cuándo Sonia atravesaba la puerta escuchó la voz de la morena.
-¡Tenga cuidado señorita! ¡No quisiera perder a clientes tan buenos como usted!.

Al salir Sonia por la puerta el hombre que vigilaba la entrada la dio una cachete en el culo, lo que la hizo espabilarse un poco. Seguía lloviendo ligeramente, aunque el cielo ya no estuviese tan negro. Se puso el gorro, y salió a la carrera de vuelta a casa sin mirar a nadie con la mercancía bien guardada y camuflada. Cogió el camino de salida del polígono, y temblorosa por el material que llevaba siguió corriendo mientras iba dejando atrás la nave dónde se realizó el intercambio. Un par de minutos después salió del polígono cogiendo la carretera mal asfaltada que le llevaría a la rotonda. A mitad del camino hacia la rotonda un vehículo 4x4 se colocó detrás, le dio las luces, y suavemente la adelantó. Ella miró al interior del vehículo pudiendo ver a los dos hombres que custodiaban la nave industrial en los asientos delanteros, no pudo observar quién iba detrás porque los cristales estaban tintados, supuso que eran las dos mujeres las que ocupaban esos asientos. Cuando el vehículo se colocó delante pegó un bocinazo alejándose de ella a toda velocidad, Sonia siguió corriendo sin inmutarse.
Unos diez minutos después llegó a la rotonda, empezaba a notar el cansancio. La tensión, los nervios, el clima y el tiempo que llevaba corriendo jugaban en su contra. Deshizo el recorrido realizado, y al llegar a la rotonda se introdujo por la calle que la llevaría al bulevar. Nada más entrar en la calle se encontró de frente con un coche de policía, estaba parado y con las luces encendidas. Los dos agentes estaban de pie mirando de frente a Sonia, como si la estuviesen esperando. Sonia se sobresaltó, todos los pelos del cuerpo se le erizaron. Haciendo acopio de valor continuó con la carrera hacia ellos como si no pasara nada agachando ligeramente la cabeza, el corazón se le salía del pecho. Cuándo llegó a la altura del vehículo de policía el agente más cercano la miró con cara severa de arriba a abajo, pero no la paró. Después volvió a mirar al frente ocupado en su menester. Sonia no se dio la vuelta para ver que hacían simplemente siguió con su carrera, se encontraba tremendamente nerviosa. Cualquier persona que le miraba, cualquier coche que aparecía, cualquier gesto que veía era una sospecha de que estaba siendo vigilada y perseguida. Tenía la sensación de que todos lo ojos de la urbanización la observaban, era culpable de un grave delito, y así se sentía.
Había parado de llover, pero el frio seguía siendo el mismo. Sonia chorreaba agua por todas partes. Siguió avanzando acercándose cada vez más a su casa, se encontraba exhausta.
-Vamos Sonia, cinco minutos más y ya habrás llegado -dijo para sí.
Cuando cruzaba la última acera, y justo antes de llegar a su casa, apareció un coche sin previo aviso frenando bruscamente quedándose a pocos centímetros de ella. Sonia se quedó quieta esperando un golpe que nunca llegó, el conductor se quedó pálido del susto levantando las manos pidiendo perdón, se apeó del vehículo asustado.
-Sonia perdón, estaba despistado. ¿No te he golpeado verdad? -preguntó acongojado.
-No, no … Fernando, eres tú -respondió Sonia.
Sonia tenia la respiración entrecortada por el susto.
-¡Jorder, la madre que te parió! -bramó Sonia más que grito-. ¡Casi me matas, cabrón!
Sonia miraba a Fernando con cara de pocos amigos mientras éste no sabía que decir, Sonia se repuso.
-¡Eres un imbécil! -volvió Sonia a chillar-. A ver si te fijas, ¡gilipollas!.
El conductor del vehículo se montó en el coche totalmente pálido, y se marchó no sin ciertas dificultades. Los últimos metros Sonia los acabó andando, estaba empapada y asustada. Llegó a la cancela de la verja, y se detuvo. Miró a todas partes, lo encontró todo normal, y entró en el jardín. Pocos metros más adelante estaba el porche de la entrada dónde le esperaba su marido, Antonio.

-No me toques ahora, estoy empapada -dijo Sonia.
-¿Lo has traído todo? -preguntó Antonio-. ¿Te ha seguido alguien?.
Él miraba a todas partes nervioso. Sonia totalmente agotada por el esfuerzo entró rápidamente en la casa dirigiéndose rauda hacía el cuarto de baño.
Una vez dentro cerró la puerta, y echó el cerrojo. Apoyó la espalda en la puerta, se echó las manos a la cara, y se puso a llorar desconsoladamente
-¡No volveré a hacer ésto nunca más! -gritó entre sollozos-. ¡La próxima vez vas tú! ¡Eres un completo cobarde!
Acabó en el suelo del baño dónde siguió llorando, mientras Antonio escuchaba desde el pasillo paralizado. Pasaron un par de minutos, Sonia ya más tranquila se rehízo y se puso de pies. Se dirigió a la ducha, abrió el grifo de agua caliente. Dejó caer el agua, y poco a poco con parsimonia se fue desnudando. Tuvo mucho cuidado con la sudadera que la dejo apartada ya que ese era el sitio dónde llevaba la mercancía, el resto de la ropa a excepción de las zapatillas las tiró al cesto de la ropa sucia. Una vez desnuda entró en la ducha, y dejó que el agua calentase y relejase su cuerpo. Antonio llamó tímidamente a la puerta del baño.
-Cariño, ¿cómo estás? - preguntó Antonio con la voz entrecortada-. ¿Puedo entrar?
-¡No! ¡Te esperas! -respondió Sonia.
Antonio se retiró a la sala donde seguían los niños con sus juegos. Minutos después salió Sonia vestida con una bata de baño y el pelo húmedo. La cara la tenia muy tensa, la sudadera la sujetaba con ambas manos pegadas al pecho como quién sujeta un tesoro. Se dirigió a la cocina junto con Antonio, bajó las persianas, y colocó la sudadera sobre la mesa. Sonia abrió los bolsillos de la sudadera de dónde sacó los dos paquetes, ninguno se había roto ni humedecido. Volvió a introducir la mano en la bolsa sacando los papeles con las instrucciones dejándolos encima del fogón de la cocina. Abrió los dos paquetes como quién abre un tesoro vertiendo el contenido de cada uno en un plato distinto, Antonio miraba el contenido de los platos con los ojos abiertos de para en par, y seguidamente untó el dedo en el polvo marrón llevándoselo a la boca. Lágrimas le resbalaban por la cara de la emoción, Sonia temblaba. Retiró los platos a un armarito aparte en la cocina.
-Lo preparemos todo dentro de dos días, mientras puedes leer las instrucciones que nos han dado con todo ello -habló Sonia susurrando-. Voy a ver que hacen los mellizos.

Antonio cogió las instrucciones y empezó a leer.
-Lea estas instrucciones con sumo cuidado -hablaba Antonio en voz alta-. El material que le hemos suministrado es irreemplazable, si sigue las instrucciones con atención el producto final será de su agrado. Respete los tiempos y temperaturas de elaboración, aparte necesitará de otros productos que podrá encontrar en cualquier gran superficie.
Antonio leyó con sumo cuidado este párrafo varias veces y siguió.
-Recetas para hacer una tarta de chocolate. Le hemos suministrado 250 gramos de azúcar y 250 gramos de cacao, deberá disponer de además …
Minutos después Sonia entró en la cocina algo más tranquila abrazándole.
-Desde que prohibieron el consumo de azúcar y cacao junto con otros productos ya prohibidos hace mucho tiempo como el tabaco, el alcohol, las apuestas, tenemos una vida tremendamente sana, pero mucho más aburrida. Como envidio a mis abuelos, ellos si sabían lo que era comer chocolate, y tomar azúcar todos los días con el café o las tostadas, ¡hasta untar la mantequilla en el pan es delito! -habló Sonia.
Poco después los dos se dirigieron a la sala de estar con sus niños. Pasaron los minutos, y sin previo avisó empezaron a sonar sirenas de policía alrededor de la casa.
-¡Abran la puerta! ¡Policía! -alguien gritaba mientras aporreaban la puerta de la entrada con furia.
Sonia y Antonio se miraron horrorizados.

• Bilbao 4 de marzo del 2.018
Revisado el 15 de enero del 2.019.

Comentarios

  1. Genial...!!! Un texto exquisitamente narrado....Con un titulo que te lleva a otros temas muy comunes pero, con tu estilo le das una trama muy diferente a lo imaginado y un impredecible final,Felicidades...Me encantó...!!!

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    1. Gracias por llegar y comentar. me encanta que te encante.

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  2. Me encanto tu historia. Muy bien narrada. Gracias por compartir. Muchos Saludos. Manu

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