Espejos. Capítulo 7.

Espejos.

Capítulo 7.

Preguntas y respuestas.

Antonio siguió al pie de la letra las instrucciones recibidas de Aedeon, le costó mucho encontrar el sitio de la cita ya que el lugar era totalmente extraño para él. El potente brillo del sol le deslumbraba, las calles estaban vacías y sin seres humanos, no había ninguna clase de circulación de vehículos, todo ello le desconcertaba. Avanzaba a paso lento, muy lento, se sentía mareado y agobiado por todo a su alrededor. Finalmente llegó al lugar acordado, o por lo menos eso era lo qué él creía, se sentó en uno de los asientos de piedra del lugar, y esperó. Notaba el asiento muy mullido a pesar de parecer de piedra sólida, estaba observando todo a su alrededor para ver por dónde venía la mujer.
-Ha llegado tarde -escuchó Antonio a sus espaldas.
Antonio sorprendido giró la cabeza y vio la figura de una persona, tuvo que ponerse la mano delante de los ojos para intentar mitigar el brillo del sol, apenas podía ver.
-Perdone, pero tanto brillo me deslumbra demasiado -habló nervioso Antonio-. No la he visto venir por ningún sitio. ¿Quién es usted? ¿Cómo se llama?
Aedeon abrió el bolso que llevaba, introdujo la mano para buscar algo y sacó un objeto que se lo ofreció a Antonio.
-Tiene razón, Antonio -respondió Aedeon-. Perdóneme y tenga, no me he dado cuenta que los dos no podemos aguantar este brillo. Póngase estas gafas especiales para sus ojos, y podrá ver con mejor claridad.
Antonio cogió las gafas que le ofrecía Aedeon, y sin rechistar lo más mínimo se las puso. El cambió que observó fue brutal, podía ver con toda claridad y normalidad a su alrededor. Se puso de pies, y miró a todas partes anonadado, se quitaba las gafas y se las ponía para comparar el efecto que le causaba a su visión el uso de las lentes. Estuvo jugando con las lentes varios minutos.
-Bueno, creo que es hora que deje de jugar, y que se siente a mi lado -habló Aedeon sentada en el banco-. Supongo que tendrá muchas preguntas que realizarme.
Antonio que seguía con su juego miró a Aedeon sorprendido, seguía quitándose las gafas y poniéndoselas, no la había reconocido. Por fin, paró de jugar con las lentes, y con más tranquilidad se sentó al lado de Aedeon. La observó detenidamente, y cuándo llegó a la cara se llevó una gran sorpresa. Instintivamente se apartó de ella con cierto temor aunque él siguiese sentado.
-Tranquilo Antonio, no tema -habló Aedeon-. No voy a hacerle daño, no es mi intención.
Aedeon llevaba un vestido que le tapaba del cuello a los pies dejando tan solo los brazos desnudos desde los hombros, un bolso que cambiaba de color le colgaba de uno de los hombros. Tenía esa cara inexpresiva tan característica que Antonio conocía de anteriores encuentros. Se quedaron mirándose unos momentos.
-¡Tú! -exclamó Antonio todavía sorprendido.
-Tú eras la mujer de la tienda de recambios -hablaba Antonio atropelladamente-, y también la mujer que me atendió en aquel local, y te encuentro aquí por tercera vez ¿Cómo es posible?
-Sí, así es Antonio. Veo que te acuerdas de mi -respondió Aedeon.
Antonio intentaba poner las ideas en orden, la situación le desbordaba. Aedeon se apartó unos cabellos de la cara que le molestaban hacía los lados, seguía mirando fijamente a Antonio. Antonio miró el cabello de Aedeon percatándose que llevaba una melena rubia que le llegaba hasta media espalda, cada vez que veía algo distinto su cabeza se mareaba más.
-Cálmese y respire -habló Aedeon-. Incline el cuerpo hacía adelante, y agache un poco la cabeza. No piense tanto en lo que observe, intente vaciar la mente de preguntas. Poco a poco se irá encontrando mejor.
Antonio hizo caso en lo de agachar la cabeza, lo de vaciar la mente le sonó a algún truco mental que él no estaba dispuesto a realizar, y que además no sabía cómo hacerlo. Antonio tenia apoyada la cabeza sobre las manos, que se apoyaban sobre sus piernas por los codos. Estuvo en esa posición unos minutos mientras Aedeon observaba sin preguntar ni decir nada. Finalmente, Antonio con los ojos cerrados levantó la cabeza y miró al cielo a pesar de que nadie pudiese observarle los ojos con esas gafas tan oscuras. Minutos después miró a Aedeon que impertérrita seguía mirándole, parecía que no pasaba el tiempo para ella.
-¿Dónde estoy? -preguntó Antonio con voz más tranquila.
-Te encuentras en un universo compatible con tu existencia de los innumerables universos que existen -respondió Aedeon.
-No entiendo ni una palabra de lo que me dice. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo puedo volver? ¿Por qué me pasa ésto? … -habló confusamente Antonio, y así habría seguido si Aedeon con un gesto brusco de su brazo derecho no le habría parado.
-Pregunta a pregunta -respondió Aedeon-. Ya has llegado a intuir cuál es el objeto que provoca todo esto, pero no sabes el cómo. Bueno, ni siquiera nosotros sabemos del todo cómo funciona, tan solo podemos controlarlo muy toscamente. Lo que sí sabemos es que se trata de un objeto utilizado por unos seres que pretender de alguna manera expandirse por los distintos universos que existen, y controlarlos. Utilizan lo que vulgarmente llamamos espejos, más por su forma y utilidad que por otras circunstancias, para trasladarse de unos universos a otros. En el fondo no son más que máquinas que conectan distintos universos compatibles con la existencia del ser que se quiere trasladar, lo qué hace que el alcance de dichos objetos sea muy limitado.
Aedeon se quedo callada esperando alguna pregunta de Antonio, este le miraba con la boca entreabierta totalmente sorprendido por la explicación que le estaba dando. Antonio apoyó la mano sobre el asiento de piedra intentando asimilar lo que le decía la mujer.
-¿Quiere usted decirme que ese cacharro se utiliza para viajar por el espacio? -preguntó Antonio.
-Podemos tratarnos de tú, si así te sientes más cómodo Antonio -afirmó Aedeon suavemente.
Antonio respirando profundamente asintió con la cabeza.
-Volviendo a tu pregunta anterior -habló Aedeon-, por el espacio no. No son naves espaciales, son transportadores. Ponen en contacto dos universo distintos para trasladar al viajero de un sitio a otro. Si se tiene el mando adecuado -Aedeon sacó un objeto del bolso que se lo enseñó a Antonio, rápidamente lo volvió a guardar-, se puede decidir a que universo se puede ir. Sin ese mando los saltos se producen al azar o aleatoriamente, cómo ocurre en tu caso.
-Mira, guapa -respondió Antonio sarcásticamente-. Soy historiador, no astrofísico o ingeniero, pero sé lo suficiente de ciencia para saber que si esa clase de objetos, o máquinas, o lo que sea existiesen nos habríamos dado cuenta de ello. Alguien lo habría contado en algún momento, no es posible que yo sea el primero en comprar dicho artefacto, y emplearlo yo solo.
Aedeon segura de sí miraba impertérrita a Antonio cada vez que hablaba.
-No pretendo que me creas de buenas a primeras, Antonio -habló Aedeon-. Nadie de los contactados, y tú no eres el primero, conocen la existencia de estas máquinas. Tampoco eres el primero en experimentar toda esta confusión, por suerte te hemos estado vigilando muy de cerca para evitar accidentes indeseados. Solo comentarte que tu situación es bastante peligrosa para ti en estos momentos. Además, ninguna civilización en los distintos universos conocen la existencia de dichos objetos, y no deben de conocerlos nunca. Generalmente cuándo llegan a saber de su existencia ya es demasiado tarde. Son objetos que en cualquier mano resultan muy peligrosos.
Antonio escuchando las palabras de Aedeon se alarmó mirando alrededor buscando alguna clase amenaza, pero no vio nada. Las calles estaban vacías de personas según su parecer. Cuándo volvió la vista a Aedeon ella se encontraba de pies.
-Ya te iré explicando más por menores, y a que clases de amenaza te enfrentas. Creo que por el momento ya has tenido bastante, más que suficiente por ahora. Tómatelo como tu primer contacto -habló Aedeon mientras se estiraba el vestido en un gesto muy femenino.
Antonio suplicaba dentro de sí que no se marchase, tenía muchas preguntas que realizar aunque no se atreviese a preguntar nada.
-No me mires así, ya es hora de irnos cada uno a nuestra casa de este universo -volvió a hablar Aedeon-. No creo que te pierdas, no eres tan tonto cómo creía. Ah, y sobre todo, ¡no toques el espejo! No tengo ninguna gana de estar persiguiéndote por los universos y echarte la bronca como si fueses un niño mal criado qué hace lo que le apetece. Estaremos en contacto, yo llamaré. Piensa en lo que te he explicado, y habrá más respuestas antes de volver. ¡Adios!
Aedeon se dio la vuelta, y se marchó. Aunque Antoino la observaba con detenimiento desapareció bruscamente sin dejar el más mínimo rastro. Antonio se quedó sentado cariacontecido por todo lo que le había contado esa mujer. Las preguntas se le agolpaban en su mente, y el temor a todo lo que le rodeaba no disminuía. Pasados lo que él consideraba unos minutos se levantó y se dirigió hacía su vivienda. Ya no veía a esa mujer como al objeto sexual de sus sueños, era algo más. La complejidad de lo que le había contado requería de más citas, y él esperaba ansioso a que se pusiese en contacto lo antes posible, había muchos interrogantes.

Pasaron las semanas, el contacto con Aedeon era constante. Las explicaciones eran muy diversas ya que los temas a tratar eran realmente complejos para una mente como la de Antonio. Aedeon haciendo acopio de una paciencia infinita debía de repetirle de vez en cuando los mismos temas volviendo a veces al mismo punto de partida, como la maestra que enseña a un alumno a leer y a escribir continuamente.
-¿Cuándo podré regresar a mi mundo? -preguntó Antonio.
-Por poder puedes regresar en cualquier momento -respondió Aedeon-, pero debemos de tomarnos más tiempo. Hasta que no me demuestres que estás lo suficientemente preparado seguiremos aquí, o quizás nos traslademos a una zona más segura. Otro universo quiero decir.
Ese día las explicaciones se las estaba dando en el domicilio de Antonio, se encontraba muy feliz de tener a Aedeon tan de cerca. Ella seguía impertérrita en su comportamiento con Antonio calculando siempre lo que era conveniente contarle o no. Estaban en la sala más grande de la vivienda sentados en sendos butacones, Aedeon estaba cruzada de piernas con el cuerpo relajado y la mirada perdida a la pared, no observaba directamente a Antonio. A él no le importaba ese comportamiento, estaba más que acostumbrado. Con tal de tenerla a su lado era suficiente.
-¿Seguirá todo igual en mi mundo? -volvió a preguntar Antonio compungido.
-Habrá transcurrido cierto tiempo desde tu marcha involuntaria -respondió Aedeon-, pero no te creas que tampoco demasiado. El tiempo avanza inexorablemente hacía adelante en todos los universos, sea el que sea. El espejo logra equilibrar tanto el lugar al que te diriges como el tiempo que transcurre para que no halla desfases temporales evitando que el viajero aparezca en épocas futuras que no le corresponden. Si te refieres a hechos concretos o a la línea de vida que tienes allí sería más difícil de precisar ya que hablamos de hipotéticos futuros, y el futuro es algo que siempre está en movimiento.
Antonio se empezó a rascar la cabeza nerviosamente intentando entender la respuesta.
-¿Cómo puede ser posible eso? -habló Antonio-. Desde que empezó todo este embrollo ha pasado cierto tiempo que no sabría como cuantificarlo. Es decir, ¿el tiempo no pasa igual en todos los mundos? Porque si es así, creo que me empezarán a echar de menos en mi mundo.
Aedeon se quedó en silencio durante unos momentos, buscaba las palabras adecuadas para poder responder a Antonio.
-No es fácil de explicar a alguien con tan pocos conocimientos de ciencia como tú-respondió Aedeon-, aunque tonto no eres. El tiempo no transcurre de la misma manera en todos los universos, no mundos cómo tú los llamas. Cómo te he comentado solo existe una única ley con el tiempo, el tiempo en todos los universos siempre avanza hacía adelante. El espejo ajusta el tiempo lo suficiente para que no halla un desfase temporal demasiado grande para el viajero, más que nada porque así está diseñado.
-Ten en cuenta que cada universo posee distintas leyes físicas que lo hace diferente y único a los demás, además la evolución de cada universo es totalmente diferente debido a esas variaciones. Unos universos poseen seres humanos, otros no. Lo que tú continuamente llamas espejo, siempre te repito que es un transportador que comunica universos, invariablemente te transportará a universos compatibles con la vida humana, y dónde exista vida humana. No te llevará nunca a otros lugares dónde tú existencia quedase fulminada nada más llegar a ese universo, ni tampoco a épocas de dónde tú no provengas. No es una máquina para viajar por el tiempo, este universo en el que todavía estamos está situado justo en uno de los extremos compatible con la vida humana. Los universos dónde la vida humana es posible y existe son innumerables, y los universos dónde no también.
-¿Existen otros yos en otros universos? -preguntó Antonio-. No tengo ganas de encontrarme conmigo mismo en otros lugares.
-Si, claro. -respondió Aedeon- Los universos son casi infinitos, y las probables combinaciones de tu yo también. Aunque te recomiendo que no te busques, las sorpresas suelen ser bastante desagradables.
-¿Posee memoria el espejo? -preguntó Antonio.
-No, memoria no -respondió Aedeon-. No te olvides que es una máquina, ni siente ni padece. Lo que sí posee es un banco de datos en dónde guarda las características de cada ser que atraviesa la puerta. Se guarda todo, no se pierde nada. Por eso, cuando sea necesario volverás a tu universo en el lugar y el tiempo que el espejo decida ya que solo con el mando que te enseñé hace varios dias podemos decidir a qué universo ir, el resto depende del espejo.
Aedeon suspiró levemente pero Antonio no se percató del gesto, él seguía pensando intentando asimilar toda la información posible. De vez en vez se agarraba uno de los brazos dolorido.
-Me sigue doliendo el brazo -habló Antonio.
-Eso es para que tengas las manos quietas y en los bolsillos -respondió Aedeon iracunda mirando a Antonio.
Antonio sonrió maliciosamente y la guiñó un ojo.

-Por cierto Aedeon, ¿de que universo vienes? ¿Del mismo que el mio? No veo que seamos tan distintos el uno del otro, ¿tienes familia? ¿Te espera alguien? -preguntó Antonio.
Los dos estaban sentados en una mesa almorzando en la calle, cómo siempre no había nadie a la vista. Aedeon siguió comiendo bocado a bocado con una tremenda educación y delicadeza. Tenía la cabeza agachada, y parecía no haber oído a Antonio, aunque se encontrasen bastante cerca.
-Sabes casi todo de mi, pero yo no se nada de ti -habló Antonio-. No creo que nos haga mal conocernos algo mejor, puede que incluso entienda mejor todo lo que pasa.
Aedeon seguía atenta al plato y no miraba para nada a Antonio, sorpresivamente una lágrima rodó por la mejilla de Aedeon. Levantó la cabeza mirando al cielo llevándose la mano a la cara, y se retiró la lágrima. La sorpresa que se llevó Antonio fue mayúscula ya que era la primera vez que Aedeon expresaba alguna clase de sentimiento. Antonio se quedó mirando a Aedeon esperando alguna explicación, pero esta no se produjo. El silencio entre ambos ese día fue completo, Antonio se dio cuenta que había ciertas preguntas que eran mejor no realizar, por lo menos por el momento.

-Te engañaron cuándo adquiriste el espejo -dijo Aedeon-. Esa es una de las maneras que tienen para expandir sus tentáculos por los universos. Llegan a ciertos planetas dónde engañan a los seres que allí encuentran, para después poco a poco seguir expandiéndose. Eso es lo que sucedió en mi mundo de mi universo.
Estaban andando por la calle con paso calmado mientras conversaban. Aedeon miraba fríamente al frente, Antonio miraba a todos lados.
-Ya te he comentado que en la tienda a la que llegué me dijeron que el espejo era único -respondió Antonio-. Solo existía ese espejo, y que además los demás habían sido destruidos. Me hicieron no sé cuántas preguntas sobre mi vida, y otra clase de preguntas que no llegué a entender.
-Cómo has podido comprobar, eso no es cierto -replicó Aedeon-. Espejos hay en todos los universos, lo que ocurre es que no consiguen llegar a todos debido a su propia naturaleza, y para
alcanzarlos necesitan que otras razas los utilicen voluntariamente o no.
-¿Hay más espejos en mi planeta, o universo, o lo qué sea? -preguntó Antonio ofuscado.
-Cuándo llegan a dominar una civilización en un universo intentan usarla para expandirse por otros universos habitados con los mismos seres. Mientras tanto, siguen trasladando espejos a diferentes civilizaciones del mismo universo para así ir expandiéndose, poco a poco. El planeta de tu universo no es él único que posee espejos, hay más planetas desperdigados por tu universo con distintos seres que pueden acceder a universos que tú no podrías nunca llegar.
-¿Por qué lo hacen? -preguntó Antonio.
-Tú lo sabes de sobra, Antonio. Eres historiador, repasa la historia de tu mundo y obtendrás las respuestas -dijo Aedeon.
Antonio se quedó pensativo unos momentos.
-¿Por qué me acuerdo de lo qué soy, o quién soy, y no adopto la personalidad de mi otro yo aquí en este universo? -preguntó Antonio.
-Tu memoria se traslada junto con tu cuerpo -respondió Aedeon-. Lo único que se produce es un ajuste de cómo serias tú dependiendo del universo en el que existas, el espejo se encarga de eso. Cuándo desapareces de este universo todo desaparecerá contigo, cómo si no habrías existido. Tan solo se mantiene tu yo en tu universo de origen.
Siguieron caminado pausadamente por la calle en silencio. El Sol brillaba con mucha potencia pero no calentaba demasiado, las calles pulcras y limpias no tenían rectas. De vez en vez Antonio creía ver alguna sombra, escuchar algún susurro.
-Extraño mundo es éste -habló Antonio.
-Los habitantes de este universo si se trasladarían al tuyo también lo encontrarían igual de extraño -sentenció Aedeon.

-¿Por eso pasó lo que pasó la primera vez que inicié el salto? -habló Antonio.
Él se encontraba asomado apoyado en la ventada de su vivienda mirando a través del cristal, mientras ella andaba por la sala. Era noche cerrada en el exterior, dentro de la sala había una gran chimenea encendida en una de las paredes que iluminaba todo el recinto. No emitía calor, tan solo era una imagen tridimensional.
-Por alguna razón ese insecto entró en el mueble tocando el espejo, y el espejo tuvo que decidir qué hacer entre dos seres totalmente distintos -habló Aedeon-. Cuándo entró dentro del radio de acción del espejo encontró a dos seres totalmente distintos, el espejo tarda en decidir a dónde mandar a dos seres que no tienen nada que ver él uno con él otro. La imagen era simplemente la del ser que estaba tocando el espejo. Por eso viste lo que viste, primero lanzó al insecto, luego a ti.
Aedeon se detuvo recordando algo.
-Pero no te olvides que tuviste otra conexión antes -siguió Aedeon hablando-. Probablemente fue otro insecto él que toco la superficie del espejo, por eso se quemaron los focos. No te diste cuenta que los focos eran otros totalmente diferentes a los que usas en tu mundo, por eso no te funcionaban. No distes el salto porque estabas muy alejado del radio de acción del espejo, ahora entiendo lo que sucedió en esos dos saltos. El tercero simplemente tocaste el espejo. Me extraña que fallasen con ese tema de los insectos, se puede arreglar el transportador de tal manera que unos seres tan pequeños no interactúen con él. Es un fallo muy burdo.
Antonio se giró sorprendido por la afirmación mirando a Aedeon con los ojos abiertos.
-Entonces, los espejos pueden trasladar a más seres que solo a uno -habló Antonio-. ¿Hay espejos más grandes que éste? ¿A cuantas personas o seres pueden trasladar a la vez?
-Sí, los hay más grandes -respondió Aedeon-. Tan grandes que pueden llevar a cientos de miles de seres de un solo golpe, en un solo instante. Civilizaciones enteras destruidas, perdidas en el olvido, trasladadas a otros sitios para ser ocupadas por los invasores. Seres abandonados en otros universos, o incluso muertos que no regresarán nunca a sus moradas …
Aedeon paró de golpe el relato, se encontraba en medio de la sala con los brazos abandonados a lo largo de su cuerpo. Agachó la cabeza empezando a llorar desconsoladamente. Antonio comenzó a entender la tragedia que acompañaba la vida de Aedeon, y sintió una profunda tristeza por ella. Antonio se dirigió hacía ella intentándola abrazar.
-¡No me toques! -gritó Aedeon.
Torpemente intentó quitárselo de encima, pero Antonio con firmeza y suavidad la abrazo con todo el cariño que pudo. Ella finalmente se dejo hacer mientras lloraba sin consuelo posible. Antonio la mesaba y besaba los cabellos con dulzura, mientras la sujetaba con firmeza.
-Por eso tu mirada tan fría y distante, ¿verdad? -habló Antonio-. No volverás nunca a tu universo, a tu casa. Vayas a dónde vayas y estés con quién estés siempre seremos seres extraños para ti. Incluso a pesar de las apariencias podemos ser seres totalmente diferentes o incompatibles el uno del otro.
Estuvieron abrazados unos pocos minutos, luego Aedeon sin brusquedades se apartó del abrazo de Antonio, no le miró. Se retiró a uno de los butacones, y se sentó compungida. Antonio se quedó de pies observándola sorprendido. Poco después se sentó en el otro butacón, la miraba con ternura esperando alguna explicación. Pasaron los minutos, ninguno decía nada, y Antonio no se atrevía a decir palabra alguna. Aedeon se tranquilizó dejando de llorar, permaneció largo rato mirando la chimenea observando el movimiento de las llamas
-Tan iguales, pero tan diferentes -pensó Antonio-. Cuanta soledad.
- De dónde yo vengo las llamas son de color azul -habló Aedeon con cierta angustia en la voz-. No te creas que tenemos demasiadas diferencias, podría vivir en tu mundo sin ningún problema, y pasar por uno de los vuestros. Incluso podría tener hijos con cualquier varón de tu raza.
Aedeon con el paso de los minutos se fue tranquilizando y recuperando la compostura.
-Has avanzado mucho, te has dado cuenta de lo que ocurre con una simple explicación que te he dado -habló Aedeon-. Ahora descansemos, debo de retirarme a mi casa. Durante un par de días no me verás, tengo que realizar ciertos contactos. Repasa todo lo aprendido, el día para que vuelvas a tu universo está cercano.
Aededon se levantó del butacón, recogió sus enseres y salió por la puerta de la sala. Antonio se quedó pensativo por todo lo sucedido esa noche. Al poco rato Aedeon volvió a entrar, Antonio se sobresaltó.
-Perdona, es que se me olvidaba algo -habló Aedeon … y besó a Antonio en los labios.
Sin mediar media palabra ella se marchó del domicilio dejando solo a un sorprendido Antonio.

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