Espejos. Capítulo 1.

Espejos.

Capítulo 1.

La tienda de antigüedades.

Antonio paseaba por la calle pausadamente, no tenia prisa por nada ni por nadie. La gente caminaba a su alrededor cada uno dirigiéndose hacía sus quehaceres diarios, nadie miraba a nadie, nadie saludaba a nadie. Antonio con las manos en los bolsillos del pantalón miraba aburrido a todas partes, y a ninguna. Los coches eléctricos circulaban en silencio por la calzada, hacía tiempo que los motores de gasolina se prohibieron tanto como los plásticos y cierto tipo de material de fabricación. Se detuvo un breve momento, se encontraba aburrido. Dirigió su mirada hacía la otra acera, y observó una tienda que no había visto nunca anteriormente. Le pareció por el aspecto que era una tienda de antigüedades.
-Es extraño. He pasado cantidad de veces por aquí, y nunca había visto esa tienda -pensó.
La tienda tenía un aspecto antiguo y viejo, desentonaba totalmente no solo con las demás tiendas sino con todo el edificio. Nadie prestaba atención a dicha tienda, nadie se extrañaba de verla en ese lugar. Antonio se dispuso a andar dirigiéndose hacía ese sitio.
Sus pasos le llevaron a la esquina más cercana para pasar el semáforo de peatones, y cruzar a la acera de enfrente en dónde se encontraba la tienda. Llegó a su destino en un par de minutos situándose enfrente de la tienda. En un primer momento se colocó en el borde de la acera casi pegando a los coches aparcados, quería ver la tienda entera sin perder el más mínimo detalle, siguió fascinándose por lo que veía. Cómo observó anteriormente era una tienda vieja, los marcos de las puertas y ventanas eran de madera de un color marrón claro visiblemente desgastado. Los cristales parecían ajustados a los marcos de las ventanas con masilla o silicona, un tipo de material que ya no se usaban en aquel tiempo, le daba la sensación que estaban a punto de caerse al suelo. El rótulo de la tienda basto, grande, ordinario, solo ponía “ANTIGÜEDADES“ con unas letras descoloridas y roídas por el tiempo. Tenia la impresión de que la tienda había surgido como por arte de magia ya que no correspondía dicho diseño con otras tiendas de alrededor, si era alguna clase de promoción o publicidad estaba muy bien logrado. Se acercó hacía el escaparate de la tienda pasito a pasito sin perder ojo de lo que observaba, el enorme cristal parecía vibrar a cada paso que daba quedándose a un escaso medio metro del frontal de la tienda. Se inclinó levemente mirando en el interior del escaparate, se sorprendió gratamente por lo que llegó a observar.
El escaparate estaba compuesto por objetos del siglo XIX al XXIII, a saber, máquinas de escribir de mediados del siglo XX, teléfonos de todas las clases, desde los clásicos fijos de mesa o pared hasta los móviles más modernos de finales del XXII; cajas de juegos de mesa de madera para niños; cierto tipo de recipientes forrados con algo parecido al cuero o la piel de alguna clase de animal, material que estaba prohibido en aquella época; otros recipientes de plástico, hojalata o metal y otros objetos de los que no sabía su utilidad, se le perdía la vista por el expositor del escaparate. Antonio que tenia una licenciatura en Historia estaba fascinado por lo que le abarcaba la vista. Miró a su alrededor observando que la gente paseaba sin darle la más mínima importancia a la tienda asunto que le llenó de extrañeza. No entendiendo nada dio un paso atrás mirando de arriba a abajo la tienda. Cuándo volvió a mirar de nuevo hacía el escaparate se percató de que la cortinilla que tapaba el interior de la tienda se cerraba suavemente, alguien estaba mirando, no sabía si a él o simplemente se asomaba para curiosear un poco. Acto seguido se dirigió hacía la puerta de la entrada para poder acceder al interior. Se detuvo delante de ella esperando a que se abriera automáticamente como cualquier otra, pero esto no sucedió. Extrañado por tal suceso le dio por empujar suavemente la puerta hacia adentro, pero esta seguía sin abrirse. Empujó repetidamente varias veces con los dos brazos sin conseguir nada.
-¡Pero que demonios pasa! -exclamó levemente frustrado.
Observó una manilla que salia de la puerta. La agarró, y giró hacía arriba.
-¡Nada! ¡Que no se abre la maldita puerta! -dijo.
Hizo lo mismo hacía abajo sonando un clic en la cerradura. Dio un ligero empujón a la puerta, y esta se abrió sonado una campanilla.
-Que curioso, como las puertas antiguas de siglos pasados. Todo muy logrado -comentó en voz baja.

Cuando la puerta se abrió del todo entró en la tienda dejándola abierta, al ver el interior de la tienda se llenó de asombro por todo lo que vio. Muebles biblioteca de madera, escritorios del siglo XIX también de madera, mesillas, mesas de distintos tipos y modelos, lamparas de araña colgadas del techo, múltiples objetos de épocas pasadas, algunos los conocía otros no. Avanzó por el interior de la tienda paso a paso entrando cada vez un poco más en la tienda. Lo que más le llamaba la atención era el silencio dentro de la tienda, y el aspecto de usado y ajado que tenia todo. Observaba que algunos objetos guardaban el polvo acumulado desde hacía tiempo.
-¡Tanto tiempo! -pensó.
Y una idea se le pasó por la cabeza extrañándose por lo que veía a su alrededor. Los objetos que estaba viendo debían de tener entre doscientos a trescientos años de antigüedad, algo no le encajaba. Aunque dichos objetos, sobre todo los de madera, se los notaba desgastados y sucios deberían de estar en muchos casos desechos y carcomidos, y ésto no era así. Se empezaba a encontrar inquieto en ese lugar, había un olor a humedad y a espacio cerrado que le perturbaba. Era como haber entrado en otras épocas, épocas pasadas y olvidadas.
-¡¡Cierre la puerta!! -alguien gritó secamente desde el fondo de la tienda sobresaltando a Antonio sacándolo de sus pensamientos.
Antonio miró hacía atrás y vio la puerta de la entrada abierta hasta la pared.
-¡¡Cierrela … …  cierrela!! -volvió a chillar la misma voz que ordenaba a Antonio cerrar la puerta.
Era una voz masculina de persona mayor, aunque él no podía verle. Volvió sobre sus pasos, agarró el marco de la puerta, y suavemente la cerró sonando la campanilla de nuevo. Casi se pilla los dedos cuándo la puerta consiguió cerrarse. Se dio la media vuelta empezando a buscar de dónde venía esa voz. La tienda estaba débilmente iluminada, y el fondo de la tienda parecía una cueva, oscuridad total. Volvió a deshacer sus pasos poco a poco observando las mesas, no había vitrinas ni expositores. Sorprendido por lo que veía llamó hacía dónde salia la voz.
-¡¡Hola!! … ¿Puede salir un momento por favor? -preguntó Antonio en voz alta.
-Espere un momento caballero que ahora mismo le atiendo -respondió la misma voz.
Momentos después salió un hombre que a simple vista parecía que estuviese en edad senil, pero sus vigorosos pasos y su porte recto producía cierta confusión a quién lo observaba.
-¿Dígame caballero? ¿Qué es lo que busca? ¿Algo en particular de lo qué ha visto le interesa? -preguntó el anticuario.
Antonio lo observó, era un hombre alto y delgado con la espalda totalmente erguida, ademanes de persona educada y mirada avispada, cara tensa, voz firme y ojos grises incisivos. Antonio se le quedó mirando de arriba a abajo sorprendido por la ropa que llevaba ya que desentonaba, no para el local en el que estaban, pero si para la época en la que vivía. Observó que vestía una corbata verde pálido, camisa blanca, traje barato negro con un pantalón del mismo color, zapatos negros de épocas pasadas, y que además se notaba que no se adaptaban a los pies automáticamente como el calzado que se fabricaba en esa época. Si era un disfraz desde luego estaba muy bien logrado. Antonio llegó a situar dichas ropas en una época cercana al siglo XX, además le parecía que había salido de una oficina de dicho siglo por documentos visuales que él conocía de dicha época.

-Permítame que me presente, señor -empezó Antonio a hablar–. Mi nombre es Antonio Tuinwe, y soy historiador. Me preguntaba de dónde ha salido todo este material, y cuándo abrieron esta tienda.
Antonio le tendió la mano cortésmente como gesto de saludo a lo que el anticuario respondió firmemente dándole un fuerte apretón.
-Encantado, caballero -respondió el anticuario con una leve sonrisa de su cara–. Mi nombre es Roberto Gendell, y soy el anticuario de esta tienda de antigüedades.
Antonio notó que la mano del anticuario estaba muy fría, más fría de lo normal. Finalmente se soltaron la mano.
-Bueno, señor Tuinwe –siguió hablando el anticuario–, respondiendo a sus preguntas iniciales … esta tienda lleva abierta en este lugar menos de un mes. Como usted podrá observar no tenemos demasiadas visitas, no hay demasiado interés en las antigüedades hoy en día. Usted es el primer cliente que tenemos desde que estamos aquí en este univ … digo ciudad.
A medida que el anticuario hablaba se le iba relajando el rostro dejando poco a poco atrás esa mirada severa.
-Ya que demuestra tanta curiosidad por este local le comento que todo este material, y más que tenemos en la trastienda, nos lo donan personas que ya no saben que hacer con todos estos objetos -recitaba más que hablaba el anticuario.
-Pero muchos de estos objetos son de hace ya varios siglos –interrumpió Antonio-. Por ejemplo, mire este teléfono de baquelita.
Antonio se dirigió a la mesa dónde estaba el teléfono cogiéndolo. Empezó a juguetear con él, el anticuario torció el gesto desaprobando lo que Antonio hacía.
-Hoy en día nadie sabe como usar esto, y ni siquiera saben para qué se utiliza -habló Antonio-. Es algo muy vetusto, además ¿de dónde ha salido este modelo de teléfono? Debe de tener trescientos años por lo menos, y se conserva en muy buen estado.
Antonio mediante un movimiento reflejo se colocó el auricular en la oreja escuchando el tono de conexión del teléfono.
-Además tiene línea, ¿cómo es posible? -preguntó Antonio.
Instintivamente se apartó extrañado el auricular de la oreja, y anonadado se quedó mirándolo. El anticuario con un gesto firme pero suave le quitó el teléfono de las manos volviéndolo a dejar dónde estaba antes.
-Por favor, señor. No toque absolutamente nada del material expuesto en esta tienda a menos que quiera comprarlo, y aún así tampoco lo haga -le comentó educadamente el anticuario no sin cierto tono de reprimenda.
-Todo el material que usted puede ver es tremendamente delicado -habló el anticuario-. Nuestros donantes nos dan sus objetos, y nosotros los restauramos teniendo en cuenta nuestros archivos y conocimientos de épocas pasadas para ponerlos de nuevo de venta al público. Concretamente, ¿le interesa a usted algo?
-Pero, perdóneme un momento -habló el anticuario antes de que respondiera Antonio-. Me he olvidado de ciertas formalidades que tenemos en esta empresa. Antes deberá responderme a algunas preguntas. Espéreme aquí un momento, ¡y sobre todo no toque nada!

El anticuario se dirigió al fondo de la tienda a grandes zancadas, Antonio con cara de circunstancias se apoyó levemente en una mesa mirando los objetos que allí se mostraban. Al de un par de minutos el anticuario regresó con una gran máquina, Antonio no la reconoció. Tenia las teclas dispuestas como las antiguas máquinas de escribir, pero sin la clásica ranura por dónde poner el papel, aunque usar papel en aquella época estuviese totalmente prohibido. Roberto dejó la máquina encima de una mesa que estaba despejada sentándose en una de las sillas de estilo antiguo. Antonio observó que la máquina no usaba cables ni ninguna clase de conexión visible.
-Siéntese, siéntese. Así probará nuestras antigüedades -invitó Roberto a Antonio.
Antonio cogió una silla cualquiera, y se sentó con mucho cuidado no sea que se fuera a romper. Notó la tremenda incomodidad del asiento, y cómo crujía al sentarse.
-Vamos a ver … ¿Su nombre? -preguntó.
-Antonio Tuinwe … con uve doble -respondió Antonio.
El anticuario empezó a teclear a una velocidad asombrosa.
-¿Profesión?
-Historiador, licenciado en Historia -volvió a responder Antonio.
-¿Ha estado usted aquí anteriormente? -preguntó el anticuario.
-No … no -respondió Antonio desconcertado por la pregunta.
El anticuario le miró con cara de preocupación.
-¿Está usted seguro? ¿No habrá venido más veces? Es importante que responda bien a esta pregunta para poder continuar -afirmó Roberto mirándole fijamente con una tremenda severidad.
Antonio puso cara de no entender nada.
-¡Claro que estoy seguro, por eso he entrado aquí! No conocía esta tienda … es la primera vez que la he visto … No comprendo por qué me hace estas preguntas -respondió Antonio cada vez más confundido.
Roberto se le quedó mirando unos segundos.
-Le creo -dijo secamente, y siguió tecleando a toda velocidad.
La máquina de escribir, si es que así se la podría llamar, no devolvía ningún ruido, ni papel, ni siquiera se veía ninguna luz. Roberto paró de escribir, miró a Antonio.
-Cuándo cogió el teléfono, ¿notó usted algo? Luz, sonido, alguna vibración extraña, alguna alucinación. ¿Se siente diferente? -preguntó Roberto.
-No, bueno sí, tenía línea, ¿cómo es posible? –respondió Antonio-. ¡Oiga! ¿Qué clase de interrogatorio es este? … ¿Por qué preguntas tan absurdas?
Antonio se encontraba ligeramente confundido.
-Mire señor Tuinwe, ninguna pregunta es al azar -respondió el anticuario-. Todo tiene su por qué, y además más vale que no lo sepa nunca.
El anticuario miraba severamente a Antonio con un gran aplomo.
-Y ahora para terminar, ¿posee usted o ha poseído alguna vez alguna antigüedad o algún objeto antiguo adquirido aquí o en otro uni … digo … tienda de antigüedades? -preguntó Roberto.
-No, no poseo ninguna antigüedad de esta tienda ni de ninguna otra, aunque mi profesión sea la de historiador. No se permite a nadie coleccionar cierta clase de objetos -respondió Antonio con la cara desencajada.
El anticuario tecleó todo a gran velocidad. Separó las manos de la máquina y esperó. Antonio estaba expectante. Minutos después las teclas de la máquina empezaron a iluminarse aleatoriamente, o eso creía Antonio. Roberto las miraba sin perder ojo, y en un momento determinado la máquina se paró. El anticuario miró a Antonio con el gesto cambiado, cara de amabilidad y amplia sonrisa era la que le exhibía en esos momentos.
-Espéreme aquí que ahora mismo vuelvo -comentó Roberto.
El anticuario cogió la máquina llevándosela al interior de la tienda. Antonio siguió sentado observándolo todo con cara acomplejada.
Al de un rato el anticuario regresó con una enorme sonrisa.
-Bien , bien, bien … –habló Roberto–. Coménteme caballero qué es lo qué quiere ver, o mejor acompáñeme y le enseñaré la tienda.
El anticuario con cara de satisfacción se frotaba las manos esperando realizar una buena venta. Antonio se puso de pie acompañando al anticuario. Se dirigieron los dos a la entrada de la tienda, y desde ese lugar el anticuario empezó a enseñar a Antonio todos los objetos allí expuestos.
-Esta biblioteca de madera es del siglo XIX -charlaba el anticuario-. Es una biblioteca clásica de época ya que por aquel entonces no tenían televisores ni ninguna otra clase de objetos electrónicos, solo sirve única y exclusivamente para apilar libros. No tiene otra función.
Roberto se tomó un pequeño respiro, mientras Antonio no perdía ojo de lo que le enseñaba.
-Aquí puede observar un mueble bar -señaló el anticuario con la mano.
Seguidamente el anticuario se dirigió a un mueble de madera de color blanco con una puerta cerrada con una llave antigua. Cogió la llave del cierre, y con un movimiento de giro abrió la cerradura, mientras con la otra mano sujetaba el mueble para que no le venciese al abrirlo. Seguidamente hizo fuerza con la mano que sujetaba la llave tirando de esta abriéndose la puerta entera hacía abajo. La puerta del mueble-bar chirrió enormemente quedándose sujeta formando un ángulo de noventa grados. Retiró la mano que sujetaba el mueble empezando a palpar el interior.
- Como puede observar –habló Roberto-, en este cajón se guardan las botellas. Los estantes de abajo sirven para otros objetos como vasos, recipientes y enseres para servir las bebidas.
El anticuario cerró la puerta con suavidad, y giró la llave cerrando el compartimento. Antonio se detuvo un momento pensativo.
-¿Pero cómo sabe usted de todo ésto? -preguntó Antonio-. Me parece fascinante encontrar todos estos objetos, pero saber y conocer cómo se usaban o para qué servían me parece asombroso. ¿De dónde consigue la información?
-Tenemos distintos archivos dónde guardamos la utilidad de cada objeto -respondió el anticuario-. Además nuestros donantes, cómo ya le he comentado anteriormente, no solo nos donan los objetos sino que también nos hablan de su utilidad. Después los exponemos para la venta.

Antonio y Roberto siguieron andando pausadamente por la tienda mientras el anticuario le hablaba de todos los objetos que iban encontrando. Mientras Roberto le hablaba de una lampara de araña colgada en el techo, Antonio se fijó en un espejo encastrado en un mueble de madera, y como movido por un resorte se dirigió hacia él. Al llegar Antonio al mueble-espejo se detuvo enfrente mirando su reflejo en él. Era un espejo encajado en una especie de mueble que no le cogía todo el cuerpo, Antonio se quedó fascinado observando su reflejo. Contemplaba su silueta reflejada como cualquier otro espejo, pero había algo en él que le extrañaba aunque en un primer momento no llegase a saber del todo qué era. Se fue acercando al espejo poco a poco, cada vez más, quedándose a medio metro del espejo. Poco a poco se fue dando cuenta a medida que analizaba su reflejo que su imagen estaba distorsionada. Las ropas eran ligeramente distintas, y además el fondo no era todo lo claro que debería ser. Mientras tanto, el anticuario totalmente absorto con su charla, y ajeno a lo qué estaba haciendo Antonio, seguía dando explicaciones sobre los objetos. En un momero determinado giró la cabeza buscando a Antonio, y lo encontró mirando al espejo. En ese preciso momento Antonio alargó la mano queriendo tocar la superficie del cristal.
-¡No toque ese espejo! -gritó el anticuario.
Alarmado inició una atropellada carrera abalanzándose sobre el brazo de Antonio retirándole la mano del espejo justo antes de que este tocase su superficie. Antonio se asustó con la reacción del anticuario dando unos pasos hacía atrás. El anticuario agarró a Antonio de los hombros retirándolo con fiereza del espejo.
-Bajo ninguna excusa se puede tocar este espejo -habló el anticuario-. ¡No vuelva a hacerlo, y ni siquiera a intentarlo! ¿Ha llegado a ver algún tipo de luz? ¿Algún destello? ¿Le parece todo igual? ¿Se siente diferente? ¿Nota algo distinto?
El anticuario preso de una gran ansiedad y nerviosismo miraba alternativamente al espejo y a Antonio. Antonio que no entendía lo qué pasaba hizo acopio de valor quitándoselo de encima.
-¡Oiga! ¿Se puede saber que locura es ésta? -chilló Antonio- ¡No he tocado el espejo! ¿Qué es lo que demonios ocurre con todo ésto? ¿Qué es lo que pasa en esta tienda?
El anticuario respiraba aceleradamente mientras seguía retirando a empujones a Antonio lejos del espejo. Cuando ya estaban lo suficientemente lejos del espejo el anticuario se irguió recuperando la compostura, se colocó bien la corbata, y se alisó el traje. Respiró un poco, y con voz más tranquila comentó a Antonio.
-Ese espejo a menos que se lo quiera llevar no se puede tocar como otros muchos de los objetos presentes en esta tienda -dijo el anticuario.
-Pues cuelguen un aviso en la puerta de la entrada –respondió socarronamente Antonio-, o enseñen a los clientes que entren lo que hay que hacer en la tienda. Si no dicen nada la gente actúa cómo quiere.
-Por favor señor, váyase de la tienda. Si solo viene a curiosear no esté por aquí -ordenó Roberto notando el sarcasmo en las palabras de Antonio.
El anticuario extendiendo la mano y señalando la puerta de entrada le invitó a marcharse. Antonio se quedó pensativo unos momentos, y con un gesto de enfado se despidió de Roberto saliendo por la puerta. La campanilla de la puerta de la entrada tintineó dos veces, al abrirse y al cerrase. Antonio al salir de la tienda respiró en la calle un aire menos viciado que en el interior.
-¡Menudo loco! -masculló entre dientes al salir.
Volvió a colocarse las manos en los bolsillos, y se dispuso a andar sin rumbo fijo intentando olvidarse de lo ocurrido.

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