Espejos. Capítulo 2.

Los espejos.

Capítulo 2.
La tapadera.
Ya habían transcurrido varias semanas desde la visita de Antonio a la tienda de antigüedades, él se encontraba sentado en uno de los butacones de su sala viendo la olovisión A pesar del tiempo transcurrido lo sucedido en la tienda no se le quitaba de la cabeza, seguía sin entender nada de lo que había ocurrido allí. Se levantó de la butaca dejando encendida la olovisión dirigiéndose al estudio que tenía en su propio domicilio. Abrió la puerta del estudio, y la luz se encendió automáticamente al entrar. El estudio no era una habitación muy grande, tan solo disponía de una mesa con una consola conectada al centro de control de la ciudad, desde ahí podía solicitar toda la información que quisiese. La mayoría de los licenciados en historia de la época como Antonio no entraban en contacto directo con libros, periódicos o con cualquiera otra clase de registros escrito, sonoro o audiovisual histórico, no se desplazaban a bibliotecas dónde hacer el trabajo de campo. Ese trabajo era realizado por otras personas, generalmente doctores en la materia, expertos en conservar y recuperar esa clase de registros o documentos ya que la fragilidad del material en muchos de los casos era extrema o simplemente algún registro digital de la época era casi irrecuperable por el formato en el que se hallaba almacenado. Se dirigió a la consola sentándose en la silla de la propia consola. Ésta se encendió automáticamente sonando una música muy agradable que previamente él había programado, se sentía cómodo y despejado.
Tecleó en la consola las órdenes para seguir con su tesis de fin de carrera, quería sacarse el doctorado en Historia. <<La cultura popular del Occidente entre los siglos del XIX al XXII y su influencia en el posterior derrumbe de la civilización occidental>>, era el título de la tesis que realizaba. Antonio quería demostrar como la cultura popular de esa época como la música, la pintura, el deporte, el cine, llegaron a influir en la política y la economía que junto con otras tendencias sociales llevaron a la decadencia cultural, ética y moral del occidente que daría como resultado el derrumbe de las naciones-estado en el siglo XXII con las consiguientes guerras, hambrunas y pobreza que nunca occidente vivió y de las que nunca se recuperó. Llevaba un par de años con la tesis, y en ese momento se centraba en el papel de ciertos miembros de la denominada élite cultural de la época. Se escandalizaba por las actitudes de ciertas mujeres en el cine, la música e incluso en la política de aquellos siglos ya que debido al auge de la democracia cualquier persona podía llegar a ejercer un cargo público, estuviese preparada o no, aunque como también pudo comprobar los hombres de la época tampoco salían demasiado airosos. El nivel cultural, ético y moral generalizado de la época que estaba estudiando era bastante bajo en comparación con la época en la que vivía Antonio.
Siguió visualizando vídeos previamente seleccionados de la materia en cuestión, esta vez le tocaba analizar entrevistas a las llamadas celebridades de aquella época como cantantes, actrices o deportistas. Antonio tenía el gesto algo torcido ya que algunas personas a las que escuchaba, hombres y mujeres, tenían un aspecto bastante estrafalario. Pudo ver unos cuantos vídeos seguidos ya que las entrevistas no eran muy largas, duraban unos quince minutos o menos. Se encontraba algo aburrido porque consideraba que las preguntas que hacían eran muy banales cuando observando un vídeo de una entrevista hecha a una celebridad de la época se fijó en el fondo de la sala dónde se realizaba la entrevista. Fue un momento fugaz, ya que la imagen no estaba fijada sobre el fondo. Tuvo que parar la reproducción para volver hacía atrás, y congelar la imagen en ese momento. Ansioso, amplió la sección de la imagen del fondo que quería observar con más detalle aunque dicha imagen no le quedó demasiado definida. Aún así, pudo observar de qué objeto se trataba, era el espejo adosado al mueble que había visto en la tienda de antigüedades o alguno muy parecido. Se quedó muy sorprendido por el descubrimiento tardando en reaccionar unos minutos.
Se levantó de la silla, y se puso a andar un poco por el pequeño despacho pensando en su hallazgo. Se detuvo delante de la ventana del estudio que daba a la calle apoyando uno de los brazos en el cristal mirando hacía el exterior.
-¿Casualidad? -se preguntó para sí.
Sintió un pinchazo de ansiedad dentro de sí, pero pasó enseguida. Las piernas le empezaron a temblar ligeramente. Intentando reordenar las ideas se dirigió a la silla de la consola sentándose en ella volviendo a observar la imagen emborronada. Se olvidó totalmente de su tesis, y de lo qué estaba haciendo centrándose en su hallazgo. Las siguientes semanas las dedicó a buscar imágenes del espejo o de algo que se le pareciese en cualquier otra entrevista realizada a cualquier personalidad de dicha época. Al principio se centró en personas del ámbito de la cultural para luego poco a poco ir ampliando su búsqueda a personas de la política y del mundo empresarial. No volvió a encontrar más el espejo, solo estaba en esa imagen, y no estaba claro que fuese dicho objeto. Una y otra vez volvía al vídeo dónde se encontraba el espejo, era algo que le empezaba a obsesionar. Antes de darse por vencido en su búsqueda, y volver a su tesis, tomó la decisión de regresar a la tienda de antigüedades decidido a quedarse con el espejo en propiedad si este se encontraba disponible para la venta aunque sería a la mañana siguiente, ya oscurecía.

Casi no había dormido durante la noche angustiado por la posibilidad de haber perdido el espejo, ya habían pasado varias semanas desde la vez que estuvo. Salió a la calle a primera hora de la mañana para disponer de más tiempo durante el día, aceleró el paso cuando salió del portal dirigiéndose hacía la tienda. Cuándo llegó allí nada había cambiado todo seguía igual, extrañamente igual. Las mismas letras del rótulo, el mismo escaparate con los mismos objetos, la misma cortinilla. Abrió la puerta de la tienda tintineando la campanilla de la puerta, exactamente como la vez anterior. Al cerrar la puerta, esta vez con sumo cuidado y agarrando bien el cierre, volvió a tintinear. Observó desde la entrada de la tienda, todo estaba exactamente en el mismo lugar dónde lo dejó. Parecía que se hubiera detenido el tiempo en esa tienda, misma luminosidad, mismo olor. Empezó a caminar, dio unos pasos casi silenciosamente como no queriendo despertar la mística del lugar si es que éste la tendría. Llegó hasta la mitad de la tienda como esperando que algo sucediese, pero no sucedió nada. Se quedó quieto no perdiendo de vista nada, estaba extrañamente nervioso y acelerado.
-¡Buenos días! -habló alguien.
La voz provenía desde el fondo de la tienda.
-Ho … ho … hola, ¿hay alguien … ahí? -respondió Antonio tímidamente.
A pesar del tiempo transcurrido Antonio todavía le venían a la mente imágenes y sensaciones muy nítidas de lo ocurrido la vez anterior. Escuchó unos pasos que venían del interior de la tienda, las firmes pisadas se iban acercando hacía él aunque todavía no podía ver a su interlocutor. Finalmente un hombre se hizo visible.
-Creo que soy alguien -habló el anticuario.
Seguía con el mismo traje y el mismo porte, a pesar de los meses transcurridos no había cambiado lo más mínimo. Antonio se quedó quieto unos momentos mirándolo embobado.
-¿Dígame caballero? -preguntó el anticuario-. ¿A qué ha venido usted a esta tienda de antigüedades?
Tenía una sonrisa que le abarcaba de oreja a oreja, y parecía no reconocer a Antonio.
-Buenos días -respondió Antonio-. Hace unas cuantas semanas, quizás algún mes, estuve en esta tienda, y vi algún objeto que ahora me pudiera interesar .
La mirada sonriente y complaciente del anticuario se le quitó de golpe recuperando una mirada grave y severa.
-¿Está usted seguro de haber estado aquí anteriormente? -preguntó el anticuario-. ¿No se habrá confundido de lugar?.
Antonio cada vez se encontraba más intranquilo.
-Sí, sí -respondió Antonio-. Hará unas cuatro o cinco semanas estuve por aquí, y usted me enseñó algunos objetos de la tienda. Uno de ellos era un espejo encastrado en un mueble. ¿Todavía lo tiene?
El anticuario que daba la sensación de haberse quedado petrificado levantó la mano derecha enseñándole la palma de la mano a Antonio en un gesto de calma.
-Antes deberá responder a algunas preguntas -habló severamente el anticuario.
-¿Otra vez? -respondió Antonio.
El anticuario bajó la mano con suavidad.
-Ha empezado usted bien -respondió el anticuario-. Dígame mi nombre, sí es que se lo dije.
-Roberto es su nombre, pero el apellido era algo así como gudall, jundal … -resolvió Antonio.
-Gendell, es Gendell … -intentó hablar el anticuario.
-También me hizo una serie de preguntas que anotó en una máquina –interrumpió Antonio–. Creo que la tiene al fondo de la tienda.
Antonio señaló el fondo de la tienda con la mano derecha empezando a dar unos pasos queriendo ir hacía allí, pero el anticuario poniéndose en medio y agarrándole suave pero firmemente de los hombros le detuvo.
-Bien, bien -habló el anticuario-. Puedo dar por válido lo que me ha dicho, al fin y al cabo no hemos tenido más visitas desde que usted se marchó. Le recuerdo bien, aquí lo registramos todo.
La actitud del anticuario volvió a cambiar, recuperó la sonrisa y la amabilidad. A Antonio estos cambios de actitud le desconcertaban. El anticuario dirigió su mirada en la dirección en la que Antonio recordaba que se encontraba el espejo.
-Sí, todavía tenemos el espejo -habló Roberto-, Y ahora, si es tan amable de seguirme, por favor. Le acompaño para que observe el objeto que desea ver.
El anticuario andando pausadamente se encaminó hacía dónde estaba el espejo, Antonio muy extrañado por los cambios de humor del anticuario le siguió detrás a una distancia prudencial. Caminaron unos pasos hasta ponerse enfrente del espejo, se detuvieron los dos a cierta distancia. -Aquí lo tiene en el mismo sitio dónde lo dejó -habló el anticuario.
El anticuario extendiendo el brazo enseñó el espejo a Antonio.
Antonio sentía auténtica fascinación y atracción por el espejo. Se intentó acercar, pero de nuevo el anticuario poniéndose delante y abriendo los brazos lo evitó.
-Por favor, caballero –comentó el anticuario amablemente–. Debemos permanecer a cierta distancia de seguridad del espejo. Desdé aquí podrá observarlo con total tranquilidad, no se preocupe.
Antonio le miraba desconcertado sin entender por qué el anticuario le decía esas palabras. Lo que sí llegó a notar era la tremenda firmeza y fuerza del hombre, demasiada para la edad que aparentaba.

Antonio se relajó dando un par de pasos hacia atrás, el anticuario se apartó de la vista de Antonio dejándole ver la totalidad del espejo. Se colocó a su lado un poco por delante de Antonio, entre el espejo y él. Daba la sensación de que el anticuario no se fiaba demasiado de Antonio. Antonio miró con atención al interior del espejo viendo su imagen y la de Roberto reflejada en él, pero seguía sin entender demasiado qué era lo que veía ya que la imagen reflejada no era lo que había en la tienda. Miró al anticuario que no le perdía de vista.
-¿Por qué esa imagen? -preguntó Antonio-. ¿No es algo extraña? No refleja lo que hay aquí, somos como personas distintas, incluso usted parece otro.
A medida que Antonio penetraba con la vista más en la imagen, más extraño se sentía.
-Se trata de un espejo distinto a cualquier otro –explicaba el anticuario-. Tiene unas propiedades un poco diferentes a otros espejos ya que se fabricó con un cristal poco común al usado normalmente para estos espejos. Se puede decir que era defectuoso para la época. Se fabricaron unos cientos de espejos similares al que usted está viendo con este mismo tipo de material, pero se fueron rompiendo o destruyendo ya que producían comportamientos extraños a los dueños o a las personas cercanas. Que sepamos, es el único que queda de este tipo.
Roberto tenía cierto semblante de tristeza en la cara. Antonio escuchaba cada palabra como intentando saber de que naturaleza era ese objeto.
-Es decir, usted me quiere contar que esos espejos se fabricaron por error, y que éste es el último que queda de todos -razonó Antonio.
El anticuario asintió con la cabeza. Pasaron un par de minutos mientras Antonio miraba de arriba a abajo todo el espejo, el anticuario totalmente impertérrito observaba cada movimiento del historiador.
-Se lo compro -habló Antonio finalmente con cierto tono de angustia en la voz.
Antonio desconocía el motivo, pero le temblaban las piernas aunque el anticuario no se fijase en ello. El anticuario suspiró.
-Muy bien, como usted prefiera –dijo el anticuario-, pero tendrá que llevarse también el mueble en el que va clavado.
-¿Clavado? -preguntó Antonio–. Es ciertamente antiguo y extraño, me gustaría ver esos clavos.
Sin darse cuenta Antonio avanzó hacía el espejo, pero el anticuario en un rápido movimiento le volvió a cortar el paso colocándose de nuevo delante de él, entre él y el espejo.
-Por favor, acompáñeme a discutir sobre el precio del espejo, de las condiciones de transporte y de las instrucciones de su uso –dijo Roberto.
Antonio conociendo el percal y viendo la cara del anticuario delante de la suya decidió hacer caso a Roberto. Lanzó una última mirada al espejo por encima del hombro de Roberto, y acompañó al anticuario a realizar lo que él creía que era un simple papeleo.

Finalmente a media tarde, salió de la tienda con todos los formularios realizados y habiendo respondido a una cantidad absurda de preguntas de las que no entendía su cometido, pero todavía sin el espejo. Éste se lo mandarían días después pertinentemente embalado debido a ciertas normas de uso que no sabía de dónde habían salido dictaban. Sin casi darse cuenta estaba paseando por la calle dirigiéndose a su domicilio.
-¿Normas de uso? -pensaba Antonio-. Pero que normas de uso debe de tener un espejo normal y corriente aunque éste se hubiera fabricado con un material un tanto extraño y diferente a los demás. Que aunque sea único y diferente, es solo un espejo.
Cuando se encontraba a unas decenas de metros de la tienda se giró sobre si mismo dirigiendo la mirada hacia atrás, hacia la tienda de antigüedades. La vio hacía lo lejos un tanto borrosa y extraña. tal y como la había hallado la primera vez. Volvió a girarse, y pensando en todo lo que le había sucedido en la tienda siguió caminando.

El anticuario estaba en la trastienda hablando por uno de los teléfonos de baquelita, un teléfono que extrañamente no tenia ninguna conexión con la red de la ciudad.
-Sí, así es. He vendido el espejo a un humano de este planeta, podremos seguir expandiéndonos por otros lugares -hablaba por el teléfono.
Paró de hablar escuchando la respuesta desde el otro lado.
-Tan solo los problemas de siempre aunque casi llega a entrar en contacto con el espejo. Fue un descuido mio. Los humanos de este universo son seres demasiado curiosos -habló el anticuario.
Le estaban hablando de nuevo.
-Por supuesto que lo he comprobado, he seguido el protocolo de siempre -respondió-. La máquina de conexión ínter universal me ha informado que no tenemos en nuestras bases de datos a ningún ser humano similar aquí o en otros universos que haya contactado con nosotros. Éste es el primero.
Bufó mientras oía a su interlocutor. Una pequeña luz mortecina amarillenta de una bombilla colgada del techo le iluminaba en ese pequeño recinto, se tocó la frente con los dedos de la mano izquierda como intentado reflexionar lo que escuchaba por el auricular del antiguo teléfono.
-El dinero no ha sido ningún problema, no hubo regateo -volvió a responder.
Torció el gesto mientras escuchaba la respuesta.
-Sabéis que no estoy de cuerdo en aumentar el precio de los objetos aunque el cliente estuviese totalmente interesado en comprarlo, pueden sospechar algo -respondió-. Debemos de pensar cómo los humanos aunque la tienda sea una tapadera. No, no me dijo cuál fue el motivo final por el que se decidió a comprar el espejo, y no he podido averiguarlo. Además, nos da igual por cuánto lo compre, el dinero es lo de menos.
Con la mano que le quedaba libre cerró el puño golpeándolo suave y secamente contra la mesa varias veces mientras escuchaba.
-Bien, muy bien -respondió-. De acuerdo, cuando haga entrega del espejo iré con los instaladores para cerciorarme que la entrega es correcta, y saber por qué ha decidido compralo al final. De acuerdo, hasta la siguiente conexión.
Colgó el auricular del teléfono en su lugar, un teléfono un tanto extraño ya que no tenia los pertinentes números para marcar ni ninguna clase de conexión. El anticuario se sentó en una de las sillas de la trastienda, y apoyando las manos sobre los muslos de las piernas se quedó extrañamente quieto. Instantes después cerró los ojos esperando al siguiente cliente mientras la mortecina luz que iluminaba la trastienda se apagaba quedándose en la más absoluta obscuridad.

Comentarios